creatividad·Cultura·Historia del arte·Mercado del Arte

Tres artistas que desafiaron a sus mecenas

Cuando se trata de arte y dinero, muchas opiniones salen a la luz para comentar al respecto. Están las personas que ingenuamente creen que las ganancias monetarias manchan la actividad artística; otros que los artistas son y siempre serán muertos de hambre, y unos últimos que consideran que tener un mecenas es lo peor porque sevendenal mejor postor, dejando de lado su creatividad. Me gustaría desarrollar en este artículo, el porqué creo que esta idea está sobre generalizada y parcialmente errónea.

¿Qué es el mecenazgo?

Básicamente es una ayuda o protección económica que una persona o empresa da a un individuo (en este caso a los artistas). Según la Real Academia de la Lengua Española este apoyo se hace sin ánimo de lucro y con intenciones meramente altruistas, razón por la que difiere del patrocinio ,el cual generalmente busca una recompensa publicitaria. No obstante, en la historia del arte, existen varios ejemplos en los que estas particularidades se desdibujan y no son tan claras.

Los Medici fueron una familia de mecenas muy famosa

La figura del mecenas se hizo famosa en el renacimiento. Con el crecimiento económico que presentaron las ciudades italianas como Florencia, permitió que varias familias poderosas tuvieran la oportunidad adquisitiva de auspiciar el arte. Los Médici, los Sforza, los Borgia o los Strozzi son algunos de los apellidos más conocidos de este período y los responsables de que hoy podamos disfrutar obras increíbles como por ejemplo, La Última Cena.

¿Por qué limita la creatividad?

Como mencioné anteriormente, la idea del mecenas es apoyar económicamente al artista para que siga con sus creaciones, sin intentar lucrar con él y solamente por el mero impulso de protegerlo. Sin embargo, nadie hace nada por nadie en esta vida sin ningún tipo de recompensa. En tiempos del renacimiento, si eras un artista con mecenas tu vida prácticamente estaba resuelta, pero eso implicaba que debías apegarte a las reglas de tu protector y tomar en cuenta sus instrucciones cuando te dejaba algún trabajo. Al fin y al cabo es el que paga, ¿no? Esta es la principal razón por la cual se tiene actualmente cierto recelo a la figura del mecenas.

Puedes pagar tus impuestos con obras de arte

Hay que tomar en cuenta que en este período, la figura del artista y el concepto de arte no eran los mismos que tenemos ahora. Se le consideraba más como un artesano, alguien que sólo cumplía un trabajo con instrucciones específicas. No obstante, eso no fue impedimento para que el creador pudiera tomarse algunas libertades.

Para demostrar este punto, presentaré tres casos en los cuáles el artista venció la barrera del mecenas y logró llevar a buen término su búsqueda creativa y estética.

Leonardo Da Vinci y “La última cena”

Cada hogar mexicano – y me atrevo a decir que también latinoamericano– tiene en su sala una reproducción de esta obra milanesa. Aunque su lugar correcto sería el comedor, ya que el mural original estaba pensado para el refectorio de Santa María delle Grazie, perteneciente a la orden de los dominicos.

Ludovico Sforza, duque de Milán, solía comer con el abad de la iglesia por lo que creyó conveniente encargar a su artista protegido Leonardo que pintara un mural que decorara el espacio. Fue el artista quién eligió el tema de la última cena en el momento en el que Jesús comunica a sus discípulos que alguien lo va a traicionar, porque piensa que es el momento idóneo para mostrar «i moti dell’animo» -los movimientos del alma- es decir, el motivo por el cual los personajes son capaces de adquirir vida

La Última Cena, 1495, Leonardo Da Vinci

Además se tienen registros de los monjes que vivieron ese proceso creativo en donde relatan que Da Vinci invitaba a personas para comer y beber mientras pintaba, para así realizar la obra de una manera más naturalista. Innovó la técnica del temple y el óleo con el fin de hacer pinceladas más rápidas, e incluso se tomó el tiempo necesario para dar por terminado su trabajo aunque esto no hizo que estuviera contento el abad.

“Rivera pinta escenas de actividad comunista en los muros de la Gran Manzana y Rockefeller Jr. paga la cuenta”

Este fue un telegrama que se mandó a todos los medios de comunicación de Nueva York cuando se soltó el drama entre el artista mexicano Diego Rivera y el magnate hombre de negocios Nelson Rockefeller Jr.

¿La razón? El comunismo. La madre de Rockefeller Jr., Alby Aldrich Rockefeller era una fanática de los colores y el estilo de Diego Rivera, por lo que fue una razón más para llamarlo y pedirle que hiciera un mural para el Rockefeller Center. La única instrucción era que la obra debería ser lo “suficientemente reflexiva como para obligar a la gente a detenerse y pensar” por lo que Rivera decidió hacer su obra bajo el título El hombre en el cruce de caminos.

El hombre controlador del Universo, 1934, Diego Rivera

Diego estuvo en constante negociación con respecto a los términos en los que tendría la obra, desde elegir pintar a colores en lugar de una escala de grises como anteriormente Rockefeller deseaba, hasta meter sus ideologías políticas, sólo que en esto último tiró demasiado la cuerda al poner el rostro de Vladimir Lenin, líder del partido comunista y por supuesto un acérrimo enemigo para los capitalistas como el mecenas de Rivera.

Rockefeller, ante la presión de la prensa y opinión pública estadounidense, pidió al artista que retirara la cara de Lenin del mural. Sin embargo, Diego se negó porque consideraba que ese rostro hacía la obra más completa y sino no iba. Al no llegar a un acuerdo, se decidió dar por terminada la relación y se destruyó la obra en 1933.

Al final, Diego Rivera salió ganando. En 1934 con motivo de la inauguración del Palacio de Bellas Artes, el presidente mexicano Abelardo Rodríguez lo invitó para pintar un mural dentro de las instalaciones. Fue así como se creó “El hombre controlador del universo” que es casi una copia del de Rockefeller Center, pero aquí si le dejaron poner el rostro del líder ruso.

Mark Rothko arruina el apetito de los ricos

Seagram Building es el nombre de un lujoso edificio ubicado en la ciudad de Nueva York, diseñado por el arquitecto germano Mies van der Rohe y el estadounidense Philip Johnson en 1958. Este rascacielos sería la sede de todas las actividades de la empresa de destilados Seagram y al mismo tiempo un lugar de encuentro social de la élite norteamericana.

Por eso es que se decidió abrir el restaurante Four Seasons Restaurant y se contrató al artista Mark Rothko para que elaborara una serie de murales que servirían de decoración para el espacio. La intención era atraer a una clientela distinguida que combinara con lo refinado del nuevo edificio.

Seagram Building, 1958, Park Avenue, Nueva York

Rothko recibiría la increíble cantidad de 35,000 dólares por el encargo, de los cuales se le concedió un anticipo. Al principio el artista recibió la encomienda con mucho entusiasmo pero pronto se vió conflictuado por el tipo de clientes a los que vendía su trabajo.

Mark era judío y migrante en Estados Unidos por lo que su vida no fue muy apacible. Por otro lado tenía una visión exaltada del arte y una devoción a su obra casi religiosa, de tal suerte que el hecho de colaborar en la decoración de un restaurante para gente rica le producía urticaria ya que sabía que no querían su arte por todo lo que implicaba, sino porque se vería “bonito” y ayudaría a aumentar la vanidad de ese grupo.

Si quieres conocer más sobre Rothko, puedes leer este libro

Un año después, Rothko comunicó a sus mecenas, que pretendía pintar algo que quitase el apetito a cualquier hijo de puta que comiese en ese salón. A pesar de esa frase, trabajó con ahínco y terminó 30 obras monumentales aunque sólo se le habían requerido cinco. No obstante, un día decidió comer en el restaurante Four Seasons y después de ver el ambiente frívolo de los nuevos ricos, decidió que ninguna de sus obras estaría colgada en ese lugar. Recordemos que ya le habían pagado un anticipo.

Al final, el conjunto de obras se repartió en diferentes sedes culturales del mundo: Washington, Japón y Londres, éste último en la Tate Modern Gallery en dónde se acondicionó un espacio llamado Sala Rothko con nueve de estos murales.

Murales de Rothko en el Tate

Como podemos ver, la relación entre mecenas y artista siempre ha tenido sus altibajos, sin embargo, todavía se sigue presentando como la única vía de éxito para el creador y que éste sea conocido. Esto es una completa falsedad, al menos ya en el siglo XXI, en dónde el artista puede promocionar y vender su obra sin la intervención de intermediarios o un mecenas.

Si eres artista y quieres conocer más sobre cómo puedes vender tu obra sin hacer tanto drama como estos tres artistas que leíste arriba, te recomiendo que escuches el podcast de Tania Hernández Arzaluz, El Arte Sí Vende.

Puntuación: 1 de 5.

Un comentario sobre “Tres artistas que desafiaron a sus mecenas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s