Cultura

La cultura de la cancelación: parte I.

“Piden cancelar Animaniacs porque es ofensiva y misógina”. “Cancelan en redes sociales a Molotov”. Tal persona es cancelada por tal motivo, tal serie, libro, canción, etc. Ha sido cancelada en redes sociales por los millenials, centennials, la generación de cristal. Todos titulares que se han escuchado en lo que va del año.

Los medios de información nos han demostrado como la juventud de hoy en día no puede tomar con humor ni sentido las grandes obras de arte del siglo pasado. ¡Oh, gran infortunio! este grupo de débiles de cerebro no pueden discernir entre lo que es correcto y lo que es ofensivo Y… esperen un momento.

Al parecer todas estas son fake news. ¡Demonios! debo haber parecido un idiota.

Los últimos meses han sido plagados por la constante amenaza de la cancelación, o en lenguaje coloquial, el retirar apoyo a una figura pública, producto artístico o empresa que incurre en hechos o dichos desagradables para el publico en general. La cancelación esta reservada (o estaba) para los infractores más graves de las normas sociales, a manera de escarmiento en su reputación y/o vida pública.

Si bien no se le conocía por este nombre hasta la época de las redes sociales, encontramos varios ejemplos de esto en diferentes épocas. El Watergate y la renuncia de Nixon, el escarmiento al presidente Clinton y a Mónica Lewinsky, Eduardo Yañez y su derechazo.

Con el amplio uso de las redes y la democratización de la información, el término se ha extendido y degradado, siendo que ahora muchas declaraciones son dignas del reclamo público. La problemática, como con todas las problemáticas de la era de la información, llega cuando los usuarios toman su poder y lo usan para el mal, o tergiversan todo el sentido de la información.

Las compañías aprovechan esto y utilizan estos “escarmientos” para hacer crecer su visibilidad, su engagement con los espectadores. Sin embargo, el marketing de la ira ha optado por decretar sentencia antes de que se cometan los crímenes, dañando no solo al producto/persona, sino a los involucrados de ambos lados del proceso, y cayendo en la creación de fake news sin corroborar las fuentes ni las realidades de la noticia. Aquí les presentare los dos ejemplos más sonados de los últimos meses.

Animaniacs de Steven Spielberg llegó a la televisión mexicana otra vez a mediados de junio de este año, transmitido por Televisión Azteca en el canal 7. La serie de sketches cortos narra las aventuras desquiciadas de los hermanos Warner, Jacko, Wacko y Dot, y su elenco de personajes como los icónicos Pinky y Cerebro.

Con su llegada empezó un revuelo en redes sociales, pues la televisora del Ajusco había estado apostando por la nostalgia y los contenidos con eficacia probada, pues con la llegada del COVID-19, aunado a crisis económicas dentro de la televisora, los nuevos contenidos, tanto propios como de terceros, han sido escasos. Sailor Moon, y más recientemente los Tiny Toons son otros ejemplos de la venta de recuerdos.

En redes sociales aparecieron en su mayoría comentarios positivos sobre la serie, llevándola a ser trending topic cada vez que se transmitían. Y entre todos esos comentarios apareció el siguiente:

Es a simple vista obvio, y si no con el contexto de éste se entiende, que el comentario fue dado por una persona mayor de 40 años (Odisea Burbujas se empezó a transmitir en los 80s). Este comentario paso desapercibido por la mayor parte de los internautas hasta que llegó a este escandaloso post. Con una audiencia bastante grande, la nota se disparó por todo el Internet mexicano.

Sin embargo, la nota no trascendió por su gran contenido periodístico (sarcasmo), sino por su escandaloso título: Acusan a Animaniacs de ser inapropiado para niños. Y como el mexicano es rápido para juzgar y no para leer, las personas se lanzaron a despotricar contra todos, contra las televisoras, contra la cultura, y sobre todo, sobre la juventud, quienes no tuvieron ni un solo gramo de culpa.

También así, al ver las conversaciones y el alcance mediático de la nota, varios medios empezaron a copiarla, sin tomar en cuenta la realidad de ésta. Medios como Milenio o El Informador, en sus paginas web reescribieron la nota y se beneficiaron de esta situación.

El segundo caso es el de la banda mexicana Molotov, quienes en el ’97 lanzaron su álbum debut ¿Dónde jugarán las niñas? Este disco desde su lanzamiento ha sido generador de criticas hacia la banda por los temas que toca con sus canciones, en especial, puto, una canción que en palabras del argot mexicano es lo que llamamos “cantar un tiro”, buscar pelea, insultar al otro como agresión.

La polémica llegó con el siguiente tweet.

Hordas de fans empezaron a comentar sobre como la juventud actual tomaría el álbum como misógino, vulgar u homofóbico. De pronto, la discusión cambió. Se dejó de tomar al tweet como un “¿qué pasaría sí?” para ser un “estos chamacos quieren cancelar”. Para este momento, no había ninguna discusión en redes sobre la cancelación del disco o la banda que no fuera de los propios defensores.

No es hasta después de estos comentarios dirigidos a la generación de cristal, o generación de mazapán, que los jóvenes respondieron, no para la cancelación del disco, sino para afrontar a los atacantes y exponer sus argumentos hipotéticos de porque se debería buscar el escarmiento del disco (el cual en ningún momento buscaron realmente).

Es así como se inició un debate entre la generación X sobre si cancelar o no un producto que la generación de centennials no tenia contemplado en sus planes de justicia social. Estos ejemplos nos muestran el delicado ecosistema de las redes sociales, donde abundan las fake news y el morbo por discernir el pensamiento de las otras personas.

Pero, ¿de que manera afecta estas situaciones no solo a las redes, sino al objeto o persona que ha sido “cancelado”? existen cancelaciones que tengan razón? Como discernir entre realidad y fakes? Es algo de lo que hablaré en mi próxima entrada. Mientras tanto, cuestiónense todo lo que vean en Internet.

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