Cultura

“Domingo de mercado, domingo de sensaciones”

Esta es una crónica que pretende hacer literaria la experiencia de los tianguis y mercados que se pueden encontrar en cualquier colonia mexicana. Busco retratar todos, inspirado en los tianguis de la alcaldía Gustavo A. Madero, en la CDMX. Doy gracias de antemano a todos los puesteros que semana a semana trabajan respondiendo a las necesidades de la gente.

El sol de mediodía arremete contra la piel. Una sombrilla o una gorra tapan el paso de los rayos, no así el del calor descomunal. Varias sudorosas amas de casa salen disparadas de misa. Arreando a sus chamacos y esposos, se dirigen a la red de coloridas lonas para la compra de víveres de la semana.

Debajo del traslucido techo el calor se aminora, solo para elevarse con el fuego de los puestos. El olor de la grasa vuela entre los puestos de verduras. Con gritos el mercado cobra vida, los parroquianos todavía bostezando por la homilía.

“Que le damos güero?!”, “llévele, madre, que le pongo?” o “con pasto y llorona, joven?” son algunos de los dichos escuchados. El taquero picando la dudosa carne de un taco de suadero, el aceite del amplio comal tronando. La mano derecha sujeta con soltura y firmeza el cuchillo. La izquierda, donde falta el dedo corazón, revuelve la carne con una espátula.

Los hielos se arremolinan con el agua de limón con chía. El cucharón se hunde entre ellos para servir un necesitado y verde litro a una familia aletargada. Los padres discuten sobre el clima tan inclemente mientras los niños degustan sus tacos de maciza con limón y sal. La madre da el primer gran sorbo, seguido de un jovial “ah!”.

Con un ventilador, la mujer de la paca de ropa intenta alejar el calor y el olor a tacos de sus prendas. Los letreros de 50 pesos, tres calzones por 60, o ¡ropa nueva! Cuelgan de cadenas de plástico sobre montañas. La puestera ríe observando una pareja de hipsters en busca de ropa vintach, vieja pues.

Entre gritos de puesteros, salsa, cumbia y algo de reggaetón suenan por las bocinas del Pelos. Su oficio se ha diversificado. La gente ya no quiere el CD de moda, sino las memorias con más de mil canciones, sin importar las repetidas. Ha abierto su negocio también a los blurreis, con películas que ni se estrenan en cines.

Unas esquinas más allá, los verduleros luchan por la atención de las marchantas, ofreciendo productos con las 3Bs. Una madre agarra con firmeza a su chilpayate mientras examina jitomates. Busca en el rojo algún defecto para regatear. Su criatura se jala, desconcentrando a la mujer. Aprieta al niño y a la mercancía y el vendedor le cobra el kilo entero.

El lloriqueo del niño es opacado por el sonido de una licuadora de 10 velocidades. El mecánico recibe el pago y entrega el armatoste. Limpia la grasa de en su mandil de cuero antes de embutirse otro taco de canasta con harta salsa. El enojo del chile de árbol lo lleva a las lágrimas, tomando de su Coca bien fría.

Conforme cae la tarde, los clientes empiezan a abandonar el pasillo de puestos y la red de lonas. Siguiendo al sol poniente, los puesteros recogen sus mercancías para venderlas otro día. Un pollero lanza a los perros algunas patas golpeadas, mientras el vendedor de marisco patea a los gatos lejos de sus congeladores.

Del mercado a la noche solo queda el recuerdo de los sabores vivaces y los sonidos placenteros. En esa hora solo queda los hedores del desperdicio y las visiones de la basura. Los teporochos deambulan buscando algo para comer entre los escombros o donde dormir entre los locales cerrados. Y así la plaza espera por el tianguis otra semana.

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