Cultura

Mi hermana es Marie Kondo

Hace unas semanas me intenté suicidar. Quise saltar por la ventana que, contra todo pronóstico, no iba a impedir que me cayera ya que sí cabía. ¿Por qué iba terminar con mi vida? porque estoy enferma, ¿de qué? según los últimos reportes psiquiátricos: trastorno de ansiedad, trastorno neurológico funcional, ataques de pánico y la última, depresión severa.

Probablemente para este momento de la lectura y si son fieles seguidores del blog, se preguntarán porque saco a relucir este tema en un sitio que tiene como temas el arte y la cultura. Como respuesta tengo dos razones: este es mi espacio y yo escribo lo que se me venga en gana y otra menos grosera, hablaré de como esta tétrica situación me ha presentado con el arte de ordenar.

Después de ese “gesto suicida” como lo llaman en psiquiatría, todo se volvió tenebroso. No es que yo fuera una persona muy activa, pero ahora estaba terriblemente cansada, llorar de frustración al no poder morir y al mismo tiempo sentir alivio porque alguien te salvó de hacerlo era muy duro. No existía algo que se notara, no obstante sentía una gran quemadura en mi rostro que lo desfiguraba y la gente me veía con condescendencia por eso, había rebasado la línea permitida.

Aún así mi cuerpo pedía más. Para él, al menos eso creo, no era suficiente el hecho de casi caer por la ventana. Necesitaba una marca. Las películas de terror te advierten acerca de seres malvados que buscan atacarte cuando estás más vulnerable. Aún me falta ver el filme que te haga sentir terror sobre tu propia mente, que no puedas ver tus antebrazos sin un deseo malsano de desgarrarlos. Ahí te la dejo, del Toro.

Yo deseaba la hospitalización. Cuando el doctor de urgencias lo dijo, abrí los ojos no en señal de alarma sino de alivio. Encerrada iba a estar lejos de todos, mis seres queridos me ponían triste pero no podía decirles porque los aprecio  y se sentirían mal y la culpa es demasiado amarga. No obstante, la vida hace lo que quiere y como siempre el gobierno tiene algo que ver. No había camas. El día de los enamorados mi papá, mi hermana en su día libre y yo nos la pasamos en todos los psiquiátricos cercanos para terminar a las diez de la noche en el Instituto Nacional de Neurología, en la enésima entrevista con una doctora, confesando enfrente de mi padre que ya ni el sexo me interesaba para que al final se dictaminara que lo mío, si bien requería que estuviese en un hospital, al estar a la exposición de “otros locos” me iba a dejar peor.

Al final ganó la iniciativa privada.Si bien sigo en mis consultas del Instituto,tengo mi propia terapeuta y psiquiatra por aparte.

Ya con mi medicación y la psicoterapia iba a marchar todo bien. Ajá, ¿pero cuándo?, ya me tomé la pastilla, no he ido a psicoterapia, ya fui, me sigo sintiendo miserable, mi cuarto es un desmadre, soy un fracaso, like a la foto de mi amiga que si está triunfando, me tumbo a llorar…

-“¡Rebeca!”

-“¿Qué quieres?”

-“Necesito ayuda”

-“Me cae que ya te voy a cobrar”

Entra a mi cuarto y lo primero que me dice es: “Wey, abre la ventana huele horrible tu recámara”, le digo que no puedo moverme que solo quiero llorar, que nada funciona. No es muy cariñosa, ella es práctica. Con cara de asco me dice “Llora parada y vamos a hacer la cama.” La respuesta fue de lo más sencilla y a la vez tan genial. De la cama pasamos al montón de ropa, luego a los zapatos, las cosas que había en el buró y después la basura. Al final todo quedo limpiecito y descubrimos que había un sillón en la esquina de mi pieza donde uno se podía sentar además de la cama.

“¡Wey por eso te querías matar, mira nomás que cagadero tenías acá!”, y se fue. Probablemente muchos psiquiatras les este dando un infarto y jamás contratarían a mi hermana como parte de un proyecto de rehabilitación para suicidas. Además de que otros cuestionarían la relación tan accidentaba que tenemos, sin embargo a partir de esa experiencia me dejo varias cosas en que pensar.

Dado que la depresión te deja con un muy poca energía para hacer algo, ésta la canalizo en mantener el orden de la recámara, ya que esta para mí representa mi orden mental. No es un acomodo muy estricto pero si es suficiente como para que yo pueda habitar en él, que sea una especie de santuario. Además de que si llega a existir algún tipo de desorden, es para mí un aviso de que algo no anda bien en mi salud mental.

El orden también habla de una rutina. En estos tiempos posmodernos progresistas (¡iugh!) se tiene satanizada la rutina. Lo cierto es que vivir una vida con demasiada espontaneidad o altibajos y sin una agenda causa que no cumplas con tus compromisos, ergo no llegas a tus metas y te sientas mal por no ser una Barbie girl. Barajeado más despacio: no cumples compromisos: ansiedad-culpa-depresión. No es que les pase a todos así pero si a mí y de hecho uno de los primeros pasos que te dicen en terapia para regresar a esa “normalidad” en la que vivimos es precisamente hacer una agenda. ¡Pero no sólo el librito también en el día a día!

Tenía un profesor en la universidad que decía que en el orden sucedía la magia. Explicaba que cuando todo está en su lugar, lo extraordinario es más fácil que se presente y podamos observarlo. En mi caso la magia es que esos pensamientos tristes, ese perro negro del que luego hablan, ya se vaya.

Y bueno, esto es lo que les que quería contar. Ya tenía toda la receta del éxito para salir. Sin embargo, seguiría en el hoyo (incluso literalmente) si mi hermana no se hubiera levantado de su cama para no sólo levantarme de la mía, sino estabilizarme y encarrilarme. Y por eso, la quiero.

-Elliott Duquesne

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